El polvo y el tiempo suelen tapar las historias que nadie busca. Guillermo D'Hiriart pasaba hojas de legajos del siglo XIX en el Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán buscando decretos y papeles para reconstruir la gestión de Alejandro Heredia, gobernador durante una de las etapas más convulsionadas de la tercera década del 1800. En medio de esa rutina apareció un documento singular. Después otro, y luego uno más. Unificados por la antigua encuadernación, los papeles oficiales traían el eco de un episodio violento ocurrido a cientos de kilómetros de allí, apenas unas semanas antes de que esas hojas fueran escritas. Era enero de 1833 y la noticia confirmaba que una fuerza británica había tomado las Islas Malvinas.
Hoy, el responsable del área de conservación del Archivo califica el estado de estos folios como excelente. Se trata de comunicaciones oficiales que permiten reconstruir el curso de los hechos en tiempo real y, entre ellas, destaca una carta dirigida al mismísimo Heredia. No es un texto conmemorativo escrito con el diario del lunes, sino un documento nacido en el calor de los días inmediatamente posteriores a la ocupación. Y eso cambia por completo la temperatura de su lectura.
Una noticia que llegó en barco
El relato lleva la firma del gobernador de Buenos Aires, Juan Ramón Balcarce, y comienza con la llegada a Buenos Aires de la Sarandí, la goleta de guerra al mando de José María Pinedo que traía una amarga novedad desde Puerto Soledad. El 2 de enero de 1833, el comandante británico John James Onslow había arribado a las islas a bordo de la Clio con la orden tajante de tomar posesión del archipiélago en nombre de Gran Bretaña. Según el relato del mandatario, tras las inútiles protestas de Pinedo, al día siguiente las fuerzas invasoras izaron su pabellón y arriaron la bandera argentina, obligando a la Sarandí a abandonar la zona.
Al tocar puerto, la noticia desató de inmediato las gestiones diplomáticas. El escrito enviado a Tucumán no ahorra comparaciones y califica lo ocurrido como “la nueva escandalosa agresión que ha cometido sobre las Islas Malvinas un Comandante de la Marina inglesa, más notable aún por las recíprocas relaciones y tratados de amistad (…) que la que en el año anterior cometió otro Comandante de marina de una Nación amiga, la de Estados Unidos”. La diplomacia no frenó la indignación oficial, y la notificación pronto empezó a circular hacia el interior del país.
La crónica
La carta enviada a Heredia lleva una marca temporal precisa: “Buenos Ayres, enero 26 de 1833”, acompañada por la fórmula de época “Año 24 de la Libertad y 18 de la Independencia” y dirigida, en una línea prominente: “Al Exmo. Sr. Gobernador Capitán General de la Prov. de Tucumán”.
El texto detalla cómo el comandante británico John Onslow subió a bordo de la goleta argentina para comunicar que “venía a tomar posesión de las Islas Malvinas” e intimó a arriar el pabellón patrio en un plazo de 24 horas.
La respuesta de Pinedo fue tajante. Tras dejar constancia de que no entregaría la posición sin órdenes explícitas, hizo “responsable a la Gran Bretaña del insulto y de la violación de los respetos debidos a la República”, advirtiendo que se retiraba únicamente ante la superioridad militar, “porque el pabellón de tierra no lo arriaba”. La bandera no la bajarían los argentinos. A las 9 de la mañana del 3 de enero, las tropas inglesas desembarcaron en tres botes, izaron la insignia británica en una casa cercana y arriaron el pabellón nacional, enviando luego a un oficial a la Sarandí para entregarlo en mano a los marinos patrias.
¿Por qué enviar semejante despacho al norte del país? D'Hiriart aclara que la misiva no contenía un pedido desesperado de tropas ni una solicitud de auxilio militar; era, fundamentalmente, un aviso político. Buenos Aires necesitaba poner al tanto a Heredia, sobre la afrenta y las gestiones internacionales en marcha.
No obstante, Tucumán no era una provincia cualquiera. Cuna de la Declaración de la Independencia en 1816 y escenario de batallas históricas, en 1833 estaba cruzada por las sangrientas disputas entre unitarios y federales. En medio de un territorio asolado por la crisis económica y la amenaza constante de guerra civil, el despacho sobre Malvinas irrumpió para recordar que había una soberanía superior que excedía las fronteras provinciales.
La antomía del papel
La primera impresión al observar la pieza es la de un papel que ha atravesado casi dos siglos reteniendo las huellas intactas de su viaje. La hoja luce un tono marfil (un punto intermedio entre el crema y el sepia) muy distante del blanco industrial contemporáneo. El tiempo se puede mirar en su superficie con pequeñas manchas y matices que forman parte de la historia material del objeto. La textura se percibe irregular, con bordes que delatan el desgaste de la época pero sosteniendo una estructura firme.
La caligrafía marca una distancia insalvable con la era digital. No hay tipos de imprenta ni mecanografía, sino el pulso de una mano humana. Las mayúsculas lucen grandes y ornamentadas, desplegando bucles y curvas donde las palabras parecen dibujadas antes que escritas.
La tinta varía su intensidad en el recorrido de la hoja -por tramos firme y oscura, por momentos tenue-, permitiendo adivinar el ritmo cambiante con el que la pluma se apoyaba y aligeraba sobre el papel.
El cuerpo de la carta no conoce los párrafos modernos. Es un flujo denso y continuo de líneas apretadas que ocupa casi todo el espacio. Corregida al vuelo, con pequeñas manchas y marcas superpuestas, la hoja revela que no nació para ser exhibida en una vitrina de museo, sino como una herramienta diplomática de urgencia.
En los márgenes superiores asoman números y anotaciones posteriores. Esa fue una segunda capa de historia, trazada por archiveros de generaciones siguientes, que convivió sobre la primera. Leerla hoy exige un cambio de ritmo; hay que descifrar los trazos, detenerse y dejar que la vista se adapte al tempo del siglo XIX.
"Una digna reparación"
El documento permite observar algo que suele perderse con la distancia histórica, porque en enero de 1833 la ocupación no era una página cerrada, sino una herida abierta. Buenos Aires notificaba a Tucumán su “firme resolución en que se halla de sostener los derechos de la República Argentina, y de no transigir con mengua de la razón y del honor nacional”, empeñando su palabra en agotar la vía diplomática para “obtener del Gobierno Británico una digna reparación y el reconocimiento del derecho sobre las Malvinas”.
Pero lo extraordinario del descubrimiento radica también en su azarosa aparición. Mientras D'Hiriart investigaba la gestión civil de Heredia, las piezas del rompecabezas -la réplica británica, los partes argentinos y la carta a la gobernación- aparecieron una a una en perfecta secuencia.
Casi dos siglos después, la intensidad de la tinta ha cedido, pero las palabras permanecen. En el siglo XIX, Buenos Aires consideró importante que Tucumán supiera lo que pasaba en el mar austral. La noticia tardó semanas en llegar a lomo de caballo hasta el norte en aquel entonces; el documento, en cambio, esperó doscientos años en la oscuridad del archivo para volver a contarla.